Homenaje a don Carlos Asterio Abreu Díaz, don Andrés Casiano Melián Cruz y don Carlos Cecilio Rodríguez López

Para el Servicio de Patrimonio es fácil presentar a las tres personas que se homenajean en este Congreso en su VII edición, así como entender su dedicación en destinar buena parte de sus vidas a conocer el patrimonio humano más antiguo que hemos conservado, el de las primeras poblaciones que alcanzan este Archipiélago. Ello es así porque en Lanzarote existen muchas personas que colaboran y exigen a este Servicio una mayor implicación con los temas patrimoniales y de ellas a los largo de todas las ediciones de este Congreso, hemos destacado su protagonismo y papel simbólico y representativo del resto de la Comunidad, de ésa que considera tan importante el patrimonio histórico que no lo deja solo a cargo de las administraciones públicas.Homenaje 2010

Probablemente cuando se pensó en edificar el museo benahoarita en los Llanos de Aridane, en La Palma, se delineó, se estableció su ubicación, se diseñó y ejecutó, nadie imaginó los rostros de las personas vivas que se convertirían en motor anónimo de ese proyecto, una vez culminado su contenedor. Probablemente cuando todo esto sucedía,  las tres personas a las que en este Congreso les reconocemos su dedicación vivían este acontecimiento de forma diferente al resto de la ciudadanía: ¿Qué tendría que contarles a ellos el Cabildo?

No imaginamos un museo activo sólo habitado por enigmáticos grabados en piedras, interesantes esqueletos humanos, trabajadísimas pieles o bellísimas piezas de cerámica. No descubrimos tanto misterio encerrado en esas paredes sin que le acompañen estas personas privilegiadas que conocen infinidad de yacimientos distribuidos por toda la difícil geografía palmera, los interpretan y discuten sobre ellos.

Estas tres personas simbolizan muchas más, al representar a todas aquellas que colaboran con el MAB, o bien sin contribuir con ese proyecto, permanecen apartadas sabiendo que atesoran unos bienes arqueológicos que mantienen bajo su exclusiva custodia, aunque convencidas de que todo ese material merece ser expuesto y disfrutado por la ciudadanía isleña y por aquella otra que visita La Palma.

Don Andrés Casiano, don Carlos Abreu y don Carlos Cecilio no se inician en este trabajo porque van a la escuela y allí les cuentan que antes de ellos en la isla viven otras personas traídas desde el África continental. Bien al contrario, oyen hablar de esta población, de los guanches, desde que son niños porque sus familian tienen este conocimiento al identificar los lugares que habitan, los sitios en los que entierran, en los que grabaron círculos concéntricos entre otras formas y sólo algunas letras de un abecedario que cada día conocemos más gracias al trabajo de estas personas.

Los rostros de Carlos Abreu, Casiano y Carlos Cecilio, como se les conoce en su pandilla, han adquirido las tonalidades negras, las mismas que las del quemado de las vasijas enterradas, depositadas bajo tierra durantes miles de años y extraidas a la superficie conservando su color, su calor y su olor a pasado. Aroma que ellos respiran, calor que transmiten sus palabras cuando abordan estos temas y color reflejados en sus rostros y ojos expertos, acostumbrados a las decoraciones de grecas, círculos, líneas paralelas, puntillado y meandros de las negras cerámicas.

Cuando miramos fijamente a los ojos de estas tres personas vemos representados en ellos estos dibujos, reflejo de todas las piezas cerámicas que conocen y aman. Por eso ellos también hablan el lenguaje del barro. Por eso sabemos porqué todos sus nombres comparten letra inicial de Cerámica, de Color y de Calor.

Si observamos detenidamente sus manos comprobamos que existen desigualdades entre ellas, las mismas que se dan entre cientos de objetos artesanos, ninguno igual a otro, pero todos idénticos, todos parecidos.

Las manos de Carlos Abreu se curten diariamente con el trabajo de la piedra, esa especialización que ha saltado la frontera Isla, convertida en afamada exportadora de labrantes. Bajo una fascinación, sólo comparable con la que experimenta Amelia Rodríguez, admira las piezas elaborada maravillándose por los golpes, los toques y retoques que alguien, de quien se siente muy cercano, ha tallado tan perfectamente, utilizando como yunque y martillo otra piedra de diferente dureza. Sabe por lo que han dicho, pero básicamente por lo trabajado y algunas piedras se han coloreado de su sangre, al igual que antaño.

Sin embargo, las manos de Casiano huelen, más que a cemento, que también, a arique, materia que trenza y cose después de elegirla de las plataneras de su zona.  Éstas producen dos frutos los plátanos, que él desecha y el arique, que aprecia para manipularlo, trenzarlo, coserlo y darle formas de recipientes que abundan en su cueva y conquistan las casas y despachos de sus amigos, los que conversan con él y a los que puede expresar su duende, ése que le permite imaginar y sentir a sus antepasados, considerarlos parientes cercanos y amarlos protegiéndolos y dándolos a conocer.

Como su trabajo vinculado con los metales y las cerraduras de abrir y cerrar no le facilita el contacto con materiales disponibles en la cultura aborigen, el cuerpo de Carlos Cecilio sin rechazarlo, mejora si se dedica a tareas administrativas. Para compensar este desfase se vale de sus manos y pies para bailar con la lanza, ese instrumento ancestral con el que pasa buena parte de su tiempo libre subiendo y bajando riscos. Su especialización en el manejo de la lanza le permite considerarla una prolongación de su cuerpo, alargando sus piernas extendiendo sus manos, girando el torso alcanzando cotas espectaculares por su alta agilidad y destreza. Su lanza y sus manos se agarran al risco emulando a alguien que pudiera denominarse Tanausú. Esa persona no forma parte de su imaginario, sino de su cuerpo, el que quiere ver representado en la Fuente del Pino, en el Riachuelo.   

Si nos preguntamos qué tienen en común las manos de los tres homenajeados entendemos que vuelve a ser el color, y especialmente el calor que desprenden al trabajar para un mismo fin, en el que el museo imaginado y el real sean uno. Estas tres personas, en representación de un nutrido número de otras tantas, dedican parte de su vida al conocimiento y conservación del patrimonio histórico en el más amplio sentido de su contenido.

Todas las piezas que han entregado al Museo, aquellas otras que conocen al igual que todos los yacimientos arqueológicos que han localizado, merecen exhibirse. Esta exposición pública se hace a través de vitrinas dada la protección que requieren, pero entendemos que el conocimiento y las manos de Carlos Cecilio, Casiano y Carlos Abreu, además de necesitar protección fuera de estos cristales hay que reconocerlas, identificarlas con un grabado de Tajodeque, el yacimiento que aman sin condiciones y respetándolas por ser manos de carne y hueso y ser sabias. A su vez entendemos que el mayor reconocimiento que podemos realizar a su labor es apoyarla y seguir su ejemplo.

 

VII Congreso de Patrimonio Histórico. Cabildo Insular de Lanzarote.Diseño: Solucionet.com